sábado, 20 de enero de 2018

LO QUE ME GUSTA, LO QUE TE GUSTA Y LO QUE NOS GUSTA

Nos puede gustar cualquier cosa siempre que no sea algo malo. Para poder entrar en materia habría que intentar definir qué se entiende por malo.

Son malas las conductas prohibidas: matar, falsificar, ofender el honor, etc. son cuestiones del derecho y sobre ello no hay mayor duda. Por el solo hecho de ser ciudadanos aceptamos esta convención social y nos sometemos a ella.

Está también lo moralmente reprochable y he aquí un amplio margen. Lo que es moral para algunos puede no serlo para otros. Dependerá del país, de la ciudad, incluso del grupo social.

Desde la perspectiva moral, es difícil establecer una regla de qué cosa es buena o que cosa es mala. De hecho hay cosas malas para la salud que están social y moralmente aceptadas, como por ejemplo fumar. Es innegable que fumar daña la salud, pero en un lugar de esparcimiento nocturno difícilmente se mira con mala cara a quien lo hace. Hace pocos años se podía fumar en los cines y en los restaurantes. La moral es cambiante, e incluso a veces responde a valores no vinculados directamente, como los valores estéticos; al respecto leía hace poco que eso se revela nítidamente cuando se mata una mariposa y una cucaracha. El primer hecho revela un espíritu ruin, el segundo no.

Lo bueno y lo malo termina siendo una elección a partir del análisis conjunto y completo de los propios valores, más allá de los valores morales sociales.

Así, en las relaciones sentimentales, a la hora de escoger la pareja, tiene que ver mucho el asunto de los gustos pues a partir de ello se revelan valores personales, si ellos no son compatibles, la relación está condenada al fracaso.

Los gustos se contraen de dos maneras: Por entorno y por elección. En el caso del entorno, no sabemos con precisión de dónde vienen. Son costumbres de nuestra familia cercana, de nuestros padres, abuelos, tíos y hermanos mayores. Quien tiene un gusto por el fútbol desde pequeño probablemente sea  porque todos en casa juegan pelota, o quien desde pequeño tiene gusto por la música, puede ser porque todo el entorno se inclina a ello. En lo culinario yo siento gusto por los ojos de res hervidos, el guiso de sesos, la ubre arrebosada, la sarza de criadillas, el hígado frito y las caparinas. Todos esos gustos los adquirí en la niñez y no veo ningún problema en comer esos platos. He conocido gente que se descompone solo con escuchar la receta.

Los gustos por elección se adquieren luego y pueden tener dos forma, el primero por elección a partir de una cuestión incidental emotiva y la segunda por elección razonada. La primera de ellas ocurre cuando uno se encuentra con un evento nuevo y surge empatía inmediata, aunque uno no es consciente de ello, decide que eso le agrada y sin mayor esfuerzo adquiere el gusto, así, uno llega sin querer a un concierto de blues, sin haberlos escuchado nunca antes y siente una especie de conexión, decide seguir escuchando la música y adquiere el hábito. En el segundo caso se escoge el objeto del futuro gusto y se cultiva pacientemente . El ejemplo más representativo de ello es llegada tardía del teatro, la ópera o la pintura abstracta. Se requiere un ejercicio racional, estudiar el objeto, comprenderlo y mantenerlo en el tiempo hasta que se haga hábito.

El beber alcohol es un hábito socialmente aceptado. Bastante aceptado, al extremo que casi nadie lo considere malo. Se suele escuchar que en exceso es malo, pero nadie ha establecido dónde empieza el exceso.

Cuando estaba en la universidad bebía y no poco con los compañeros de estudios. Amanecía con fuertes resacas muchos sábados y domingos. Sin embargo notaba que si bien lo pasaba bastante entretenido cuando estaba con los amigos, al día siguiente sentía un extraño vacío, que con el tiempo empecé a identificar como sentimiento de culpa: El tiempo perdido, la imposibilidad de hacer cosas productivas durante el periodo que dura la resaca y el cálculo de los libros que podría haber comprado con lo gastado en la noche anterior, me llevaron a la conclusión de que no bebía por genuino gusto, si no por presión social. Lo dejé y hoy en día bebo muy poco y ocasionalmente solo para no quedar mal socialmente.

A lo que íbamos: Los gustos. No todo lo que me guste a mi es bueno y no todo lo que le gusta al prójimo, y  no me gusta, es malo. Cada uno es dueño de su propia escala de valores y desde ella es materialmente imposible juzgar al otro, aunque no nos gusten sus hábitos. Desde luego el ejercicio de tolerancia es siempre difícil, requiere de mucha apertura de mente.

Si se aplica esto al espacio sentimental, uno puede advertir algunas cuestiones importantes que se deberían tomar en cuenta a la hora de escoger una pareja. Allí se explica la necesidad de conocerse mejor antes de formalizar una relación estable. La gente difícilmente cambia los hábitos de entorno: los gustos adquiridos en la niñez y temprana adolescencia.  Es una tarea completamente inútil tratar de cambiar a la pareja en esos aspectos. Una pareja que no comparte gustos no es una pareja conformada por malas personas, es una pareja conformada por personas que son diferentes.

A quien le guste leer tendría que buscar a alguien que tenga el mismo gusto o hábito. A quien le guste bailar y beber, deberá buscar a quien le guste lo mismo. El uno y el otro no son malos ni buenos, son solo gustos, costumbres y hábitos, pero con una raíz tal que forman parte de nuestra estructura mental y emocional que nos marcan de por vida.

Alguna vez alguien me preguntó "¿Qué haces para divertirte?" y yo le contesté que escribía, "ya pues, en serio" me contestó. Claro, es que desde sus hábitos y gustos, divertirse era bailar o beber en un bar. No era mala persona, solo éramos distintos y de hecho incompatibles.

La experiencia personal me dice que no existe en estos casos la complementariedad. Nadie se complementa con gustos inversos. Es una ruptura anunciada, tarde o temprano esas diferencias van a pesar como plomo en la relación. Las parejas deben disfrutar los mismos pasatiempos, tener gustos similares, hábitos similares. Solo así se compenetran y entienden. ¿Cómo podría entender una persona a la que no le gusta la ópera a otra que se sienta a escuchar música por más de tres horas? ¿Como podría entender una persona que ama los museos a otra que no los entiende y por el contrario adora la vida nocturna? Tarde o temprano llegarán los reclamos: Te duermes cuando te llevo a la ópera, te aburres cuando vamos al museo o siempre que vamos a bailar quieres volver temprano.

Al escoger a la pareja las preguntas de "qué te gusta" no tienen una finalidad frívola y deberían contestarse con sinceridad. De eso dependerá la relación. Habrá tiempo también para poner a prueba las respuestas. Deberíamos buscar a quien nos acepte como somos y nos comprenda; pero no por sacrificio, si no por que nos entiende desde la compatibilidad, disfruta y se solaza con los mismos pasatiempos y actividades. Deberíamos buscar a quien le guste lo mismo y lo disfrute con la misma o cuando menos similar intensidad, de tal manera que cuando estemos junto a nuestra pareja y nos pregunten por nuestras aficiones podamos contestar al unísono: "NOS gusta..."

miércoles, 10 de enero de 2018

EL COLECCIONISTA (Cuento)

Ella se veía con él y lo amaba, él decía amarla también.

Ella viajaba con él, paseaban por lugares nuevos, buenos. Él evitaba salir en las fotos, astuto, siempre se ofrecía para ser el fotógrafo.

Ella sintió que no debía pedir permiso, publicó las pocas fotos donde él salía. Él le explicó con una sonrisa torcida, diabólica, que los buenos momentos no se publican. Le pidió eliminar las fotos.

Él la complacía en todo, ella se sentía feliz. Él llenaba todos sus espacios y consolaba su soledad, a cambio tenía una mujer de fin de semana para desahogar su cuerpo y su vanidad.

Ella había dejado tanto por él que cada noche para justificarse se repetía que era por amor; tenia tanto miedo a haberse equivocado que se justificó con tal intensidad al punto que se convenció de qué él la quería pese a que no veía amor en él.

Era tan infeliz que cada día tomaba una foto nueva practicando una nueva sonrisa. Necesitaba demostrar al mundo que era feliz, que no se había equivocado.

Se negó a recibir consejos, en sueños una serpiente le silbó al oído: No hagas caso de nadie, tú eres dueña de tu vida, nadie tiene derecho a cuestionarte. Eres única e inigualable, disfruta de tu individualidad, no escuches a los que critican. Ella le creyó.

Él le contaba historias, le explicaba el mundo con un discurso manido que llevaba en sus alforjas desde la universidad y hasta ahora no le había fallado. Ella que escuchaba esas historia por primera vez, cual estudiante de primer año, quedaba maravillada.

Ella creía ciegamente en él, él jugaba ciegamente con ella.

Él salía con gente nueva, conquistaba, ella cuando se enteraba o sospechaba, se desquitaba saliendo también. Ella le reclamaba, él le decía que eran almas libres, que en un mundo perfecto se aboliría la pertenencia, la propiedad privada y el dinero. Le dijo que las mentes libres no usan etiquetas decimonónicas como marido y mujer, esposos, novios, enamorados. Las mentes libres solo tienen compañeros en el viaje de la vida, camaradas... y ella le creía boquiabierta mientras él le contaba la misma historia a sus nuevas conquistas.

Él la conminaba a ser feliz, a disfrutar el momento. Ella en su amargura y desesperación lo escuchaba y sonreía con tristeza en cada momento feliz, recordando todo lo que había perdido por él.

Cuando ella estaba triste, él, en la vigilia, y la serpiente, en sueños, le decían que había hecho bien, que su anterior vida común, rutinaria, ordenada, clásica, era sosa y aburrida.  Le exigían ser agradecida con quienes la habian sacado de esa vida sin sentido, de una familia sin sentido, donde se había abandonado a ser una simple ama de casa, una pobre mujer sin esperanza. Ella pensaba en su nueva vida de salidas nocturnas, viajes y amistades alegres exacerbadas por el alcohol y les creía.

Ella quería tanto ser feliz, que a fuerza de convencerse , se enamoró de él.

Un día ella, recordando las pequeñas colecciones que había en su anterior casa, por curiosidad, le preguntó:

- ¿Tú no coleccionas cosas?
- Las cosas materiales son un producto del capitalismo imperialista - contestó él - yo colecciono momentos.

Ella sonrió feliz y pensó en los momentos que pasaba con él. No sabía que ella era solamente una más en su colección.

martes, 2 de enero de 2018

LA ESPERANZA EN UNA BOTELLA

Hace un tiempo, sin querer, fue apareciendo una pequeña colección de botellas de vidrio sobre los reposteros de la cocina. El único requisito es sencillamente que me gusten, que llamen mi atención y de ser posible que sean raras. Hace un par de días agregué una mas, que no es ni rara ni nada parecido. Es una simple botella de ketchup, la de la tapa blanca en la foto.
Aunque es una botella sencilla y de la que hay montones, me transporta a un espacio donde fui feliz. Infinitamente feliz y de donde, probablemente, surge todo mi imaginario y gran parte de mi personalidad.

Cuando era niño, en casa de mi madre pasaba las horas leyendo en la pequeña sala de su casa. Por razones de espacio, en la sala también estaba el refrigerador. El refrigerador de mi madre rara vez tenía manjares, normalmente tenía verduras, algunas frutas. No consumíamos gaseosas y las pocas veces que lo hacíamos era tan raro que la agotábamos en el acto. En resumen, lo que se podía encontrar en la refrigeradora normalmente para hincar el diente, entre lectura y lectura, eran tomates y zanahorias. De allí proviene ese viejo hábito que aún tengo de ir a la refrigeradora en las noches y sacar una zanahoria cruda y comerla mientras veo la televisión.

Otra cosa que siempre había en la refrigeradora era una botella dorada de licor en forma de huaco Mochica, que en su interior llevaba restos del espumante de la última navidad o del más reciente año nuevo. En casa nadie bebía así que esos restos se mantenían casi todo el año sin que nadie los toque. Al lado del huaco Mochica había un perro. Era un perro hecho con crochet. Era maravilloso, lo había tejido finamente mi madre con sus hábiles manos, el cuerpo, sus patas y cola y formaban una pieza que cubría como un guante la mayor parte de una botella de ketchup y la otra pieza era la cabeza, con su nariz y largas orejas tan bien hechas que parecían reales. Esta parte cubría desde arriba la tapa de la botella y se juntaba con el cuerpo sutilmente.

Yo siempre abría la botella, primero sacaba la pieza de la cabeza, destapaba con cuidado y como casi siempre estaba vacía. Alguna vez tenía vinagre o algún otro liquido propio de la labor de cocina. Pero no importaba, esa botella vestida de perro mantenía viva la ilusión, la esperanza. Siempre me provocaba abrirla con cuidado, como un ritual, con delicadeza, para que no se resbale, admirando la riqueza del tejido, de las formas, acariciando la textura cual pelaje y como si el perro estuviese vivo.
Con los años me fui de la casa, hice mi vida y no sé si ese perro aun existe. El huaco recuerdo haberlo visto, casi medio siglo después, pero el perro no sé. Sin embargo cada vez que veo una botella de ketchup lo recuerdo. Mientras lavaba ésta en particular para agregarla a la colección pensaba en el valor y significado de ese perro tejido a crochet y de la botella que le servía de cuerpo y tal vez de alma. ¿Qué tanto de mí está en deuda con ese perro? La ilusión de hacer pausas entre lectura y lectura solo para comprobar que aún seguía en la refrigeradora. Buscar si había algo nuevo y terminar mordiendo una zanahoria.  Mantener la esperanza. Haber mi madre, sin querer, mantenido la ilusión en mi y haber vivido mi niñez y parte de mi adolescencia con todas mis esperanzas metidas en esa botella disfrazada de perro. Haber sobrevivido la adolescencia. Haber llegado hasta aquí. Tener en mi cocina una botella común que me recuerda de donde vengo y todo lo que tengo que entregar a mi hija: La esperanza de querer ser. La fuerza para luchar por ello.

EL RESCATE Y LA FALIBILIDAD DE LA LEY DE MURPHY

Ayer cerca de las doce, estaba en plan marmota y totalmente sometido a la dictadura de la tecnología: Luz artificial, aire del ventilador, una película en la televisión, el whastapp en el celular, vídeos musicales en la tablet y facebook en la lap top; a raíz de una publicación que hice en mi facebook, recibí un inesperado mensaje: "No puedes pasar el año nuevo así. Cámbiate que voy por ti."

Pensé que era una broma y en tono bromista también, contesté:
- Pero estoy calato. 
- Basta - me contestó - ya es tarde, en serio, voy te recojo y venimos. ¿Solo cámbiate ya?

En serio estaba calato, bueno casi. Pero no por solidaridad con mi perro ni por alguna extraña perversión. Había hecho calor todo el día y la noche no prometía lluvia. Aun no me había duchado y - ya saben como soy - empece a racionalizar. ¿De verdad quiere que solo me cambie? ¿No me voy a duchar? Va a venir ¿Cómo? ¿A dónde iremos? Miré el reloj, eran las 11:30 ¿Hay taxis a esta hora en año nuevo? ¿Nos iremos en el mismo taxi? ¿Llamaremos a otro? ¿Vendrá otro taxi a tiempo? ¿Por qué hay hormigas en la mesa de centro? ¡Esa canción de Cerati es tan buena! ¿Por qué ladra Dubi? ¿Por qué mis vecinos revientan cohetes? ¡Qué manía de incomodar a mi perro! ¡Diablos! ¡Tengo que poner el algodón en los oídos de mi perro! Me levanté, apagué todos los aparatos excepto el celular y busqué el algodón. Precisamente cuando terminé de taponar los oídos del fiel - y ahora nervioso - can; sonó el golpeteo en la puerta. Salí solo en pantaloncillos de pijama y allí estaba ella, la reina de Saba, guapísima como siempre sobre una moto scooter. Le pedí que pase y me espere y fui a ducharme a toda velocidad. 

Luego de casi resbalarme en la ducha, hacer caer el champú, tropezarme con la toalla, golpearme el dedo gordo en la pata de la cama y revolver la ropa hasta encontrar mi boxer amarillo; estaba listo. Salí a la sala y eran las 11:47. Teníamos diez minutos para llegar a... en ese momento aun no sabia a dónde. Preguntaría en el camino. Apagué las luces y salimos. Mientras yo cerraba la puerta de la casa, Dubi, que ya estaba bastante nervioso, vio el portón de la cochera abierto y sin pensarlo dos veces - creo que de hecho no lo pensó ni una - salió corriendo hacia la calle como alma que lleva el diablo. "¡No puede ser!", pensé, recordé que mi madre sintetizaba la Ley de Murphy en una de sus variables con una frase contundente: "Cuando haces las cosas de prisa, peor es". Y allí estábamos, faltando diez minutos para las doce con el mangurrián este perdido en la oscuridad de la noche. Imposible dejarlo. Si se pierde, previamente se vuelve loco a la hora de los cohetes, le da un infarto y luego me da otro a mi si es que antes no se lo roban. ¡Jamás! Fui a buscarlo. Luego de un par de minutos lo vi detrás de un pequeño arbusto haciendo lo suyo, era el momento preciso, doy un salto y ¡listo! Detenido señor, sin mandato judicial ni nada, nos vamos a casa. Corrí a la casa con él, lo dejé en el jardín, aseguré por última vez sus tapones y le di un abrazo de año nuevo. Cerré la puerta y me subí a la moto. No íbamos a llegar a tiempo. A medida que avanzábamos iban apareciendo en el camino algunas luces, cohetecillos y los primeros fuegos artificiales en el cielo. Fue un momento romántico. Nosotros desplazándonos por la avenida 2 de mayo y en el cielo los puntos multicolores parecían abrirnos el camino. Miré el reloj otra vez: 12.47. Me dijo que la cena era cerca a la plaza. Estábamos a medio camino y nos dieron las doce literalmente y allí empezó el caos. ¡Sí!, sí señores, nosotros éramos los locos de la moto cruzando la avenida Madre de Dios en medio de los gases y explosiones de cohetes, petardos y bombardas. ¡Estábamos en medio de una zona de guerra! Pensé que así debían sentirse los reporteros en los campos de combate, con la diferencia que a nosotros no nos iban a caer balazos. Reflexioné... ¿Estaba seguro de eso? Pensándolo bien podía perfectamente caernos algún explosivo lanzado por algún piromaníaco despistado. Metí mi cabeza entre los hombros con la esperanza de que no me caiga nada y tímidamente le susurré "Feliz año" y puse la cara del emoji que hace una sonrisa apretando los dientes. Ella con cariño me deseó feliz año también y aceleró. 

Llegamos a la cena a las 12:07. Era tarde, lógicamente. Murphy ya se había ido luego de hacer su trabajo, qué duda cabe. Pero qué importa. En lo que va del año, este es uno de los más emocionantes que he tenido en la vida. Espero que lo siga siendo. Gracias por rescatarme reina de Saba.

domingo, 25 de junio de 2017

LA FRAGILIDAD DEL AMOR

En dos entrevistas distintas, oí a Miguel Bosé hablar del amor, con una visión y sabiduría que me dejó pasmado en ambas ocasiones y, siempre que pienso en el amor, inevitablemente recuerdo sus palabras.

En una de ellas decía Bosé (no lo recuerdo literalmente), mas o menos lo siguiente: El amor es dolor, cuando él aparece se extraña, se siente la ausencia, se cela, se teme a la pérdida. La felicidad del amor aparece en momentos fugaces. Años después descubrí con poca sorpresa que Borges, en su momento, opinaba lo mismo.

En la otra, el cantante decia que es falso que el amor sea fuerte. Por el contrario el amor es frágil, hay que cuidarlo, protegerlo, cubrirlo. La gente al creer que es fuerte lo deja expuesto y termina rompiéndose.

El amor es frágil y es doloroso. ¿Por qué alguien quisiera sentir amor? Al parecer sucede por dos cuestiones: Por que está sobrevalorado y porque los instantes de felicidad son lo más parecido a la iluminación.

En cuanto a la sobrevaloración, lo que sucede es que hay presiones sociales. La sociedad y los medios contribuyen nocivamente. El círculo social nos desea encontrar el amor o incluso nos exige encontrar el amor. Cuando la sociedad cree que hemos encontrado el amor nos exige conservarlo y nos cuestiona duramente si lo perdemos. Pero eso no es lo peor. Lo más dramático es la percepción del amor que se nos ha venido vendiendo: Princesas y príncipes azules; hermosos y millonarios maltratadores y bellas e inocentes sumisas; finales felices, amores tórridos, imperfectos, amantes pusilánimes, parejas perfectas; bellas y bestias, hombres ricos que se enamoran de prostitutas pobres; romeos y julietas; desdémonas y otelos. Todos ellos irreales, existentes solo en los libros y el cine, creados para informar, para ejemplificar, para entretener, para distraer. Son resúmenes ideales, estampas de un momento. No son la vida real.

Cuando las personas crecen y viven con estas expectativas, se dan de narices contra el muro de la realidad. La vida real no es así, pero incluso si lo fuera, para aspirar a un príncipe azul, habría que ser una princesa. Todos quieren recibir lo mejor, nadie está dispuesto a pagar el precio: Olvidan que el otro probablemente quiera algo a esa misma altura.

Lo único que justifica el amor, son los momentos de felicidad, y no me refiero a la felicidad orgásmica; ello pertenece al mundo del erotismo, no al del amor. Pueden estar ligados pero no son la misma cosa.   La felicidad del amor romántico, si es que existe, debería hacernos trascender: La renuncia total, la felicidad propia es la felicidad del otro. Se aman las virtudes y se asimilan con dulzura los defectos. Esta felicidad es fugaz, son instantes, momentos. Alrededor de esos momentos está el trabajo, la escuela, el estrés del día a día, el calor, el frío, el tráfico, las cuentas, las deudas y la crisis económica. Del otro lado de los momentos fugaces de felicidad está la inevitable inseguridad, pues es lógico que si uno está convencido de amar a la persona perfecta, tendría que pensar inevitablemente que otros tal vez pretendan acceder a esa misma felicidad. Un mal equilibrio entre el amor y la inseguridad desata los celos patológicos, y allí la explicación de la fragilidad del amor: Requiere un equilibrio tan complejo que cualquier desbalance hace que el amor muera. Muere desde adentro y por sí mismo.

"¿Por que lo amas (o la amas)?", suele ser una pregunta de rigor, sobre todo en los más jóvenes: Las respuestas son variadas: Porque me trata bien; porque se desvive por mí; me tiene en un altar, porque me entiende; porque es lindo o linda; porque quiere a mis hijos; porque es un excelente padre o madre de familia; por que lo o la admiro; porque es un o una excelente profesional; o las respuestas más oscuras y que normalmente nunca se dicen: Porque me mantiene; porque me da estabilidad; porque prefiero estar con él o ella que estar solo o sola...

Todas las respuestas equivocadas. El amor de verdad no tendría que tener explicación, el amor verdadero por definición debe ser irracional, visceral, inefable.

En esta falta de explicación radica su fuerza. Explíquese de cualquier manera, ley de atracción, metafísica, reencarnación, hilo rojo, etc. Tenemos gustos y disgustos, tal vez nuestros gustos más intensos sean precisamente lo que no tienen explicación. Alguien que prueba chocolate y a partir de allí siempre lo comerá, solo siente que le gusta, tal vez porque desata feniletilamina, dopamina o norepinefrina, pero no es consciente del proceso químico. Lo cierto es que conscientemente uno no sabe por qué le gusta tanto el chocolate, le gusta, no puede vivir sin él, eso es todo.

Ello nos lleva a otro punto. Por esas mismas razones el amor es atemporal, no conoce de años de vida, de diferencia de edades, o de pausas. Se le puede encontrar luego de largos meses de búsqueda, o inmediatamente después de terminar una relación. Tristemente, también puede aparecer en medio de una relación, en cuyo caso revela que el amor que se creía tener, en realidad no era tal.

¿Se puede renunciar al amor con el argumento de "no es el momento"? Pareciera ser que no. Si creemos que al amor es tan arrebatador como siempre hemos pensado, no debería existir razón para decirle que no. Usualmente se cree que si se espera prudencialmente, se le da su tiempo, el amor resistirá; si es que se trata del amor verdadero, claro. Nada más falso. El amor que se ve como un enorme árbol, en su momento fue un semilla o una pequeña ramita. Si dejamos a la ramita expuesta al sol, en soledad y sin agua durante unos pocos días, nunca llegará a ser árbol. El amor no tiene por qué sobrevivir solo por que es amor. El amor es frágil, hay que alimentarlo cada día, cuidarlo, protegerlo, amamantarlo. Solo así tal vez algún día llegue a ser un árbol bajo cuya sombra nos podamos cobijar.


domingo, 7 de mayo de 2017

LA PAZ SEA CON VOSOTROS (Cuento)

Había adquirido la tardía costumbre de asistir a misa pues, pese a mi actual agnosticismo, había sido educado en un hogar católico y las iglesias, sobre todo las coloniales, siempre me habían proporcionado un cálido sentimiento de paz y aislamiento. Tal vez por ello empecé a ir de nuevo, recordando el rito, pero sin comulgar. Fue así que un día, en la misma banca solitaria que elegía adrede cerca al altar, pues era la zona menos concurrida, se sentó al otro extremo una mujer mayor, tal vez tendría unos setenta, solitaria, encorvada, el cabello cano y corto, modestamente vestida, lenta, taciturna, con unas bolsas viejas que colocaba bajo la banca y un sombrero de tela que puso a su costado. Yo la miraba de reojo. Advertí que cuando algún otro feligrés se acercaba, particularmente las mujeres, sin importar si eran jóvenes o señoronas, se alejaban y buscaban otro lugar cuando se percataban de su presencia.

Cuando antes de la consagración, el sacerdote nos encomendó darnos fraternalmente la paz unos a otros, yo hice lo de siempre, apunté al vecino más cercano de la banca de adelante y le hice una venia y un gesto de saludo con la mano, en otras ocasiones si podía, lo hacía con un apretón de manos y me quedaba reflexionando en mi sitio. Esta vez sin embargo observé a mi vecina, que por su aislamiento parecía ser portadora de algún germen contagioso pues nadie se le acercaba, con una mezcla de indignación y ternura, caminé firme los seis o siete pasos que nos separaban y le di unas palmadas suaves y afectuosas en la espalda curva y le dije:
– La paz sea con usted.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó al tiempo que me tomaba del antebrazo.

Regresé a mi sitio reconfortado por haberle dado la paz a esta dulce señora, con algo de pecaminoso orgullo por haber sido mejor cristiano que mis vecinas y feliz porque hace tiempo nadie me decía “joven”. Al salir de la misa, como siempre, culminé mi ritual dominical yendo a la cafetería frente a la plaza y pedí un café expreso acompañado de algún pastelillo. Mientras miraba la gente pasar y disfrutaba del sol radiante, pensé en esta dulce ancianita. Recordé a mi madre, que debe andar por esa edad también, me acariciaron los recuerdos de ella yendo a misa todos los domingos, siempre sola. Cuando éramos más chicos, nos llevaba. A mí me llevó varias veces. Aprendí a admirar y rendir culto a esas imágenes impasibles y todopoderosas, a añorar el olor de cera caliente, de los inciensos, a disfrutar la solemnidad, el rito murmurado, el silencio, la soledad… luego, al igual que mis hermanos mayores, cuando nos hicimos grandes y librepensadores según nosotros, nadie quería ir con ella. Me arrepentí, debí ir siempre acompañándola, cada día, hasta antes de irme de la ciudad.

Así fueron pasando las semanas. Cada domingo sin importar si estuviese en la misma banca o no, caminaba hasta donde mi vecina al momento de la paz y se la expresaba con mis suaves y  afectuosas palmadas en esa noble espalda cargada de años, ella me devolvía el afecto palmeando mi antebrazo o a veces el dorso de mi mano. Mi vecina ocasional siempre buscaba no estorbar, solo se sentaba cerca de la gente si por alguna festividad, la iglesia estaba llena, y si no, buscaba sitios vacíos, al igual que yo. Ella notaba que la gente la rechazaba, en mi caso yo rechazaba a la gente.

Un día, como siempre, esperaba ver dónde se sentaba para calcular mi ruta al momento de la paz, sin embargo no llegó. Quedé consternado. ¿Qué  habría pasado? No fue lo mismo, ese día por primera vez no fui a tomar café.

La siguiente semana tampoco vino, no pude concentrarme en la misa. Pasé la hora pensando en dónde podría estar o qué le habría pasado. A esa edad, sería natural, por decirlo de algún modo que le pasara algo. ¿Por qué tanto desasosiego? ¿Y si la buscaba? ¿Dónde? Terminó la misa y fui a tomar un café, esta vez llovió.

Esa semana, luego del trabajo, caminé todas las tardes por la ciudad, por las calles polvorientas de los barrios pobres, por los pasajes estrechos de los sectores peligrosos, por las trasversales de las principales avenidas, buscando, preguntando, describiéndola, ¿Conoce una señora así? ¿Qué cómo se llama? Pues, no sé, pero tiene el cabello asá, las bolsas, el sombrero…. Nadie me daba razón. Algunos la recordaban vagamente, una señora que vendía algo, pero nadie recordaba qué, otros me decían que recogía cosas, tal vez era recicladora, alguien también me dijo que vendía flores, pero nadie sabía dónde vivía. En lo que coincidieron todos era en que no la habían visto últimamente.

El siguiente domingo tampoco vino, pensé si tal vez estaba yendo a otra iglesia, si fuese así  ¿a cuál? Si la próxima semana iba a las otras iglesias corría el riesgo de que regresara y no verla. ¿Todas las iglesias tienen misa a la misma hora? No lo sabía. Se me ocurrió que tal vez estaba asistiendo en otro horario. Al salir pasé por la oficina del obispado y obtuve un papel con todos los horarios de las misas en el centro de la ciudad. Ese día regresé a la misa de doce y la de las siete de la noche y logré asistir a otras tres misas en dos iglesias distintas. No la vi. Esa noche mientras trataba de conciliar el sueño, me hundí en una densa soledad y tuve ganas de morir.

Una semana después, totalmente desesperanzado, me ubiqué en la banca de siempre. Mientras el coro entonaba el Santo, la vi entrar, con el paso cansino y muy delgada. Se sentó en la misma banca que yo, en el otro extremo. Participé de la misa con genuino gozo, cuando llegó el momento de la paz, me acerque a ella y la abracé:
– La paz sea con usted – le dije.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó y lloré en sus brazos.

* * *

Era evidente que había estado enferma. Luego de darle la paz, me quedé sentado a su lado. Al salir, con la idea de que podría estar necesitando algo y que yo estaba en condiciones de ayudarla, la acompañé tomándola del brazo hasta la salida. Cuando estuvimos afuera de la iglesia, le pregunté despacio y con todo el afecto que pude:
– ¿Está bien?
– Sí – me contestó – pero estuve muy preocupada por usted joven.
– ¿Por mi? – reaccioné sorprendido – ¿por qué?
– Porque no había nadie que le de la paz todos estos domingos.

miércoles, 17 de agosto de 2016

DIRECTO A LA LUZ - II PARTE (Cuento)

– No siento nada que me llene – dijo Virginie, tristemente, mientras reclinaba su hermosa cabeza en la mullida almohada del ataúd.

Andelko, sentado en una silla cercana, la miró fijamente antes de contestar, habían pasado casi dos años desde su primer encuentro. Durante ese tiempo, sobre todo los primeros meses le pareció haber encontrado el amor que había dado por perdido cuando Fátima desapareció, pero ahora no. Virginie se había convertido en una niña caprichosa, con delirantes arranques de madurez a veces, pero normalmente frágil, en ocasiones distante, en otras sobre protectora y maternal. Lo que era innegable era el dominio carnal que ella ejercía sobre él, dominio que él había confundido con amor y que lo había llevado a convertirla en una de su especie.

– Lo lamento – repuso, lacónicamente, Andelko.
– ¿Cómo me convertí en esta persona? – preguntó ella.
– No se convirtió – señaló él,  severamente – yo la convertí, y nuevamente lo lamento.

Se produjo un silencio incómodo. Andelko sabía que ella no se refería a su nueva condición y sabía a su vez que ella era consciente de que él no se refería tampoco a eso. Pero ambas cosas iban de la mano. Con el tiempo las cosas habían perdido brillo, Virginie además de sus caprichos, se había vuelto una vampiresa oscura, compleja. Él conocía la situación, había pasado por lo mismo. La creencia de que la inmortalidad libera de sentimientos es una pueril fantasía, toma tiempo liberarse del sentimiento de culpa y lo sabía bien. Ella no podía despojarse de sus culpas y eso la hundía más en la desesperación y la oscuridad. Se culpaba por ser como era, por ser diferente, por estar al lado de él. Andelko sospechaba que en el fondo ella deseaba una vida normal, a la luz del sol y no en la clandestinidad de la noche. Pero era tarde para volver atrás. Y sabía con certeza que ella, aunque nunca lo haya dicho, lo culpaba a él de esta realidad.

En los últimos meses, desde aquella discusión, ella había empezado a salir sola. A cazar sola. Se solazaba con nuevas víctimas, pero Andelko sabía que no lo hacía para satisfacer su apetito.  No era deseo voraz de sangre. Lo hacía para mostrar que ella también podía atacar por su cuenta, que ella también podía seducir a sus víctimas y jugar con ellas hasta el momento final. Que también tenía el dominio de sus vidas como él le había mostrado que se podía hacer. De pronto ella, como si estuviese leyendo su mente, dijo:

Monsieur, le prometí no tocar a ciertas personas, pero no lo pude evitar, sin embargo cuando usted me hizo prometer que no los tocaría, yo decía la verdad.

Andelko percibió cierto sarcasmo en la voz de Virginie, sin embargo contestó:

– No tengo nada que reprocharle Virginie. Después de todo yo he hecho cosas peores en todo este tiempo.

Andelko, efectivamente, había hecho cosas que también prometió no hacer, y las había hecho con esa mezcla extraña de rencor y placer, con ese ánimo autodestructivo que se conocía y que también había descubierto en Virginie. Eran tan parecidos. Se detuvo en sus pensamientos. Trató de recordar con detalle esa discusión que marcó el punto de quiebre y no pudo. Fue poco tiempo después de que él finamente la convirtiera. Recordó las sensaciones, lo sentimientos. El dolor de ella y su abatimiento, recordó que él reaccionó en función a ella, tratando de protegerla y, también de protegerse, pero sobre todo pensando en las cosas que ella he había dicho antes en sus interminables noches de aparente amor y que él pensó serían las correctas. Nunca imaginó que ella lo tomaría tan mal, como una forma de desprecio o de desamor. Pero ella era así, debió suponerlo, desde el día que le pidió que la mate y luego como despertando de un sopor se arrepintió con los ojos asustados, pero tarde ya. Porque ella que creía ser tan fuerte, era en realidad frágil como cristal. Porque con el tiempo transcurrido la pasión se había gastado y ya todo estaba tan muerto como sus propios corazones. Porque Andelko se había dejado llevar y había llegado a sentir amor. Con ese amor fue con el que mantuvo los últimos meses la esperanza de que todo volvería a ser como antes, que todo se resolvería y pasarían juntos la eternidad y que ahora se había evaporado. Con ese mismo amor y acompañado por los trinos de las aves que anunciaban la llegada del amanecer, acomodó el cuerpo adormitado de Virginie en el ataúd. Cruzó sus manos sobre su pecho y con ternura le acomodó los bellos cabellos largos sobre los hombros. Rozó con sus dedos sus blancas mejillas. Colocó la tapa como todas las madrugadas, pero esta vez muy lentamente, evitando el chirrido de los goznes. Con un dolor profundo, como si estuviesen clavando una estaca en su corazón, colocó los seguros, con firmeza, sin hacer ruido. Miró por la ventana, le quedaba poco tiempo. Pronto saldría un radiante y venenoso sol. Se detuvo en la puerta y miró por última vez el féretro. Recordó aquellas palabras de Virgine “¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme!” y solo en ese momento cobraron profundo significado, si hubiese podido llorar, lo hubiese hecho, mientras lanzaba una de las lámparas de parafina sobre las cortinas de seda antes de salir rumbo al carruaje que lo esperaba en la calle.

La noche siguiente, en un restaurante frente al rio Sena, mientras el mozo escanciaba vino frente a él, se inundó de sosiego y una dolorosa paz, cuando leyó en las noticias la ocurrencia de un pavoroso y misterioso incendio en un pequeño apartamento de la Rue de Trévise, frente al Théâtre Le Liu, en el barrio IX de París.