jueves, 25 de diciembre de 2014

AFLICCION (Cuento)

Sentado en el frío asiento de metal de la Comisaría de Policía de la Rue Fabert, Andelko Volkodlak miraba el triste decorado del lugar. El escritorio estaba cubierto de papeles desordenados, en el extremo derecho notó una pila de informes de apariencia impecable notoriamente separados del resto de documentos, sin embargo el frasco de tinta estaba destapado y el secante estaba manchado, no habían retratos de ninguna clase sobre la mesa. Cuando el inspector a cargo se acercó observó su traje gastado de los puños, ajado, el sombrero era viejo sin duda y había soportado muchas lluvias, la corbata desprolija colgaba se ajustaba mal al cuello de la camisa sin almidonar, Andelko concluyó que el sujeto era soltero o divorciado, probablemente no tenía hijos y el relativo caos sobre la mesa le hacía llegar a la conclusión de que era muy desordenado con los papeles pero probablemente obsesivo con los resultados.

– Dupont – dijo el inspector presentándose cortésmente al mismo tiempo que tomaba asiento y lanzaba el sombrero que se acaba de quitar sobre el secante.
– Chavalier, Michel Chavalier – dijo Andelko, presentándose con el nombre falso que usaba ahora, recordando al mismo tiempo que el apellido Dupont se empezó a usar en la edad media para designar a los plebeyos descastados a quienes se les conocía por el lugar donde vivían, “cerca del puente”, pensó y supuso que el inspector provenía seguramente de una familia de clase media poco acomodada, y eso lo hacía más peligroso, tal vez quería mejorar su posición social siendo un policía inflexible.
– Lo sé – replicó Dupont rebuscando entre los papeles del escritorio.
Se generó un silencio incómodo mientras Dupont hacía que buscaba un documento, Andelko sabía que era una treta para poner nervioso al citado así que se relajó y esperó, no era la primera vez que lo citaban en la comisaría y probablemente no sería la última.

Luego de un rato el inspector acomodó algunas hojas frente a sí sobre el montículo de documentos desordenados y se tomó la mandíbula simulando meditar, luego preguntó:
– ¿Hace cuanto tiempo vive en París señor Chavalier?
– Debo haber perdido la cuenta monsieur – contestó hábilmente, siempre con evasivas, nunca con datos concretos  – disculpe mi falta de memoria, pero más de veinte años seguramente.
– ¿Y dónde trabaja?
– No trabajo inspector, quiero decir no trabajo como usted – vivo de las rentas que producen mis propiedades.
– Ya veo. ¿Recuerda cuáles o también perdió la cuenta?
– Sé cuántas son y un aproximado de lo que producen, pero no las conozco todas, pero si necesita esa información puedo pedirle a mi contador que le haga llegar el detalle…
– Usted es joven – apuntó Dupont mirando fijamente a Andelko – ¿cómo hizo para adquirir esos bienes?
– Herencia familiar. Yo me educaba en América y al fallecer un primo de mis padres yo heredé todo y vine a París.
– Comprendo. ¿Dónde estudiaba?
– No dije que estudiaba, me educaba, con mentores particulares – repuso.
– Entonces no hay registros para probar que estudiaba… se educaba en América.
– Supongo que no.
– Bien, ya veremos eso más adelante.
Andelko tenía deseos de irse, pero sabía perfectamente que la peor pregunta que podía hacer en estos casos era la requerir los cargos por los que había sido citado, hacerlo era colocarse en el papel de investigado. Se apoyó en el espaldar de la silla y cruzó la pierna, en ese preciso instante el inspector Dupont pareció haberle leído la mente y le ganó la jugada:
– ¿No me va a preguntar por qué lo hemos citado?
– Supongo que me lo dirá ahora.
– No lo noto nervioso.
– ¿Debería estarlo? – Preguntó Volkodlak.
– Es usted un hueso difícil de roer monsieur – dijo Dupont un tanto molesto. Acto seguido extrajo una fotografía de un cajón de su escritorio, era de una mujer blanca de rasgos finos, largo cuello, cabello claro recogido, tal vez rubio, la foto en blanco y negro no dejaba espacio para más detalles y la puso sobre la mesa. Andelko se mostró inmutable.
– No  inspector – dijo.
– Entonces no conoce a mademoiselle Leblanc.
– Me gustaría tener el placer, pero infortunadamente no.
– La encontramos la semana pasada en la Rue Bosquet, desangrada, con dos orificios en la yugular – narró Dupont sin usar inflexiones en la voz, como quien lee una lista de compras, pero observando cuidadosamente la reacción de Andelko.
– Dice usted que soy un hueso difícil de roer, monsieur – precisó Andelko – ¿debo suponer que me relacionan con este lamentable deceso?
– Esperamos que no  – contestó ducho el inspector, pero al parecer lo vieron a usted por la Rue Bosquet la misma noche que falleció la muchacha.

Andelko enmudeció, pero no por miedo o sorpresa, sabía que la pregunta vendría tarde o temprano. Le llamaba la atención que alguien realmente creyera haberlo  visto. Estaba midiendo la reacción del inspector a su silencio, si tenía que concluir este asunto tenía que ser ahora, Dupont no pararía hasta el final, era un perro de presa. Sin embargo en ese momento se sentía particularmente cansado, ¿qué pasaría si lo encerraban en la cárcel? ¿Cuánto tiempo tomaría que se den cuenta que no envejecía jamás? ¿Cuánto tiempo le tomaría sencillamente escapar? Lo único que lo entristecía era que al escapar tendría que abandonar sus libros y colecciones de arte, empezar de nuevo en otro lugar. Podrían también condenarlo a muerte. Tal vez fuese mejor morir al fin, después de tantos años la inmortalidad pesa sobre los hombros y sentía que Dupont podría liberarlo de ese peso.

Dupont lo miraba con curiosidad, le llamaba la atención su serenidad y capacidad de dar evasivas pese a su juventud, sin embargo tenía los ojos cansados, lo notó desde el primer momento que lo vio, parecían los ojos de una persona vieja. Ya había averiguado antes sobre él, todo lo que le había dicho encajaba, sabía también que no podría acusarlo con un testigo solitario que además era un mendigo alcohólico y anciano. Había reconocido a Andelko porque años antes había trabajado para él como jardinero y había sido despedido por su adicción a la bebida, precisamente por ello, era un testimonio deleznable. Pensó cuidadosamente como cortar el silencio, sabía que su interlocutor, no lo haría.
– ¿Comprendió lo que le dije monsieur Chavalier? – preguntó.
– Sí, a la perfección – contestó Andelko – lo que me tiene intrigado es cómo es que se atreve a sugerir siquiera que una persona de mi prestigio y rentas esté remotamente implicado con un asunto de esta naturaleza.
– Es nuestro deber preguntar – afirmó Dupont.
– Lo entiendo – dijo Andelko, sabiendo que tenía la partida ganada, Dupont había dicho “nuestro” en lugar de “mi”, acaba de torcer el brazo, se había escudado en el plural porque se había ubicado mentalmente en un plano inferior, sin más armas o pruebas  – debo retirarme ahora – continuó mientras se ponía de pie y buscaba el perchero donde había dejado su abrigo y sombrero.
– Le debo recordar que está en la obligación de acudir a las citaciones – dijo el inspector sin ganas.
– Estoy seguro de que me las harán llegar si es necesario – señaló Andelko.
– Una pregunta más – dijo Dupont poniéndose de pie – ¿cuál es la enfermedad que no le permitió venir durante el día?
– Es una enfermedad extraña inspector, los doctores le llaman foto sensibilidad, alergia a la luz del sol, espero sepa comprender mi condición.
– Claro, no hay cuidado. Lo tomaremos en cuenta.

Andelko se retiró, mientras salía de la dependencia recordó aquella noche, no sabía que la muchacha se apellidaba Leblanc, solo sabía que su nombre era Josette. La encontró en una florería cercana a ese monstruo de fierro al que llamaban Torre Eiffel, la invitó a caminar por el Campo de Marte, entraron en confianza, a ella como a las otras también le tocó la desgracia de parecerse a Fátima y no ser ella. Por un minuto tuvo el impulso de dejarla ir sin hacerle daño, pero había algo en su vientre que le exigía paladear su sangre, confirmar – pese a que ya lo sabía – que no era una réplica de ella, una nueva versión, tal vez mejorada, cuando menos similar. No lo era, lo sintió en su pulso lento, en el sabor acre de su sangre, en la poca resistencia que puso cuando clavó sus colmillos en su cuello delicado, en su pueril candidez e inocencia. La abandonó agonizante en la Rue Bosquet, se retiró afligido y confuso una vez más, tan confuso esta vez que, peligrosamente, se dejó ver.

domingo, 9 de marzo de 2014

PALABRAS SIMPLES (Poema)

Palabras simples escribo
para no estorbar mi pluma.
Palabras como chapitas
clavadas en una pista dura.

Palabras largas, cortas.
polisílabos trágicos de miel
que sin filos ni púas
recortan la pálida tristeza
de este trozo de papel.

Palabras unas con sentido
otras de relleno.
Salmones que luchan
contra la corriente
para seguir existiendo.

Palabras simples silenciosas
que desde su charquito de tinta
nos dicen con razón
que conservemos bien guardada
la simplicidad de la palabra
y la simplicidad del corazón.



* Publicado en Selección de Poemas "Sin Estilo". Publipaso. Arequipa. 1993.  Pág. 27.

sábado, 14 de diciembre de 2013

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD: XIOMARA ALEXANDRA VILLALAZ CARPIO Y LA CIUDAD Y LOS PERROS

Me he tomado la libertad de subir a mi blog el ensayo de Xiomara Alexandra Villaláz Carpio, por las siguientes razones:

Hace un par de días mi sobrino Raúl Monrroy Vásquez se dio el trabajo de escanear las páginas que aparecen más abajo. Me contó de una compañera suya del colegio que había escrito un ensayo y que ese ensayo había ganado el premio Concurso Regional Escolar de Ensayos "Mario Vargas Llosa" auspiciado por el Gobierno Regional de Arequipa y la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa.

Apenas empecé a leer el texto noté varias cosas. Primero que el texto de Xiomara es libre, ciertamente libre y fresco, si bien tiene modismos propios de la edad (está en quinto de secundaria, supongo que debe tener dieciséis años), su franqueza releva de cualquier defecto menor en la redacción. Pero lo más importante es el razonamiento de la autora, su auspiciosa capacidad para descubrir el argumento de la obra materia del ensayo y entregarlo de un solo golpe al lector.

Pero las razones de fondo son mayores: Xiomara estudia ahora el quinto de secundaria en mi Alma Mater, el Colegio del Ejército "Arequipa" (hoy "Institución Educativa del Ejército "Arequipa") donde también estudia mi sobrino Raúl, su hermana Guadalupe, donde estudiaron también su hermano mayor Angel y casi todos mis hermanos, lo que es un motivo de mayúsculo orgullo para mi. La otra razón es que me sorprende leer a alguien de la edad del Jaguar, del Esclavo, del Cholo Cava y del Poeta con un vocabulario importante (pese a los modismos ya señalados)  que me alienta y da nuevas esperanzas, muchas veces ya casi perdidas por el inmisericorde destrozo que hacen los escolares y universitarios de hoy en día del idioma castellano. Xiomara lee, eso se percibe en cada párrafo, lee y piensa, piensa sabia y coherentemente, esto último solo es posible para quien lee mucho. Xiomara es una luz en medio de tanta oscuridad, una luz que es necesario compartir para que no deje de brillar y es por ello que me he tomado la libertad de publicar su trabajo. Espero que todos lo puedan disfrutar como lo hice yo.










martes, 3 de septiembre de 2013

HORMIGAS DEL AZÚCAR (Cuento)

Concentrado como estaba en el documento que venía trabajando en el ordenador, Andrés pudo observar con el rabillo del ojo a una hormiga solitaria desplazándose sobre el vidrio que cubría la superficie de su escritorio. Se detuvo, giró y la siguió con la mirada hasta estar seguro de su trayectoria, estiró la mano y la aplastó con el dedo pulgar.

Al regresar al ordenador, colocó sus dedos sobre el teclado y le tomó algunos segundos recuperar la idea, hizo un esfuerzo y continuó. Detestaba esos pequeños incidentes que lo desconcentraban e interrumpían la continuidad de las ideas.

Siguió escribiendo y vio dos hormigas más en el borde del escritorio. Instintivamente miró hacia su taza de café, algunos días atrás había olvidado lavar la taza y encontró horas después decenas de pequeñas hormigas entrando y saliendo de ella. Estas eran del mismo tipo, no las hormigas comunes del pasto en el parque, estas eran más pequeñas y más veloces, capaces de vivir en la madera como las termitas, en la ciudad la gente las conocía como las hormigas del azúcar.

Luego de aplastar a las dos intrusas, verificó el escritorio, inspeccionó los laterales y por abajo, no vio nada más. Nuevamente desconcentrado se esforzó en retomar la idea. Escribió un par de párrafos más y sintió en el antebrazo un mínimo cosquilleo, era otra hormiga. Molesto llamó a seguridad y pidió que le envíen al conserje, cuando llegó a la oficina le dio un billete de veinte soles y le pidió que vaya a comprar algún insecticida, que sea específicamente para hormigas.

En la tarde, luego de haber rociado la base del escritorio con el tóxico y dejar que se ventile un poco la oficina, continuó trabajando, luego de varios minutos sintió un cosquilleó por la barba. “Malditas hormigas” pensó “ahora estoy paranoico”, se pasó la mano por el rostro y siguió trabajando. Un rato después sintió lo mismo por la ceja, se pasó la mano con lentamente por la zona pero ejerciendo presión y luego observó con cuidado su palma: una hormiga aplastada. Inmediatamente sintió unas diminutas patitas debajo del lóbulo de su oreja, acercó su índice y pudo sentir el cuerpo del insecto bajo la yema del dedo. Andrés estaba seriamente preocupado, “¿porqué se me están subiendo las hormigas a la cabeza?” se preguntó. Y se le ocurrió que podría ser el champú, tal vez tenía algún componente en base a frutas y las hormigas se estaban guiando por el olor. Se levantó de su sillón y fue al baño. Se miró con cuidado la cabeza, buscó en el cuero cabelludo y nada. Se apoyó con ambas manos en el lavatorio y se quedó absorto observando su propio rostro, hasta que de pronto, descubrió una hormiga emergiendo en el pabellón de su oreja. La mató, observó durante cinco o seis minutos más y vio otra, la aplastó casi al mismo tiempo que tomaba sus llaves y salía de su oficina rumbo al médico totalmente asustado.

***

En el consultorio el doctor Sarmiento lo miró con preocupación:
– Efectivamente Andrés, salen hormigas de tu oído. Hemos hecho una tomografía y diversos exámenes. Los resultados arrojan que no hay tumor, quiste o similar, las hormigas sencillamente salen de tu cabeza.
– ¿Y no hay nada que se pueda hacer? –   preguntó Andrés.
– Medicamente, nada. Te aconsejo esperar. Si no hay dolor ni malestar no deberías preocuparte. Seguiremos haciendo exámenes.

Andrés se fue a casa molesto, luego lo pensó bien, dejando de lado la incomodidad de sentir las hormigas caminando por su piel, en realidad no estaba tan mal. Había gente con cáncer, sufriendo quimioterapias, o con otras enfermedades graves y desagradables. Frente a eso lo suyo no era nada. Quien sabe y con los días las hormigas se iban así como vinieron.

Dos días después, mientras desayunaba en casa observó a una de las hormigas bajando por su brazo, no la tocó. La miró caminar entre los vellos de la piel y se dio cuenta que la hormiga llevaba algo sobre la espalda. Era un especie de bolsa transparente diminuta, ovoidal, pero no era un huevo. Había visto antes a las hormigas acarreando sus huevecillos opacos cuando se mudan de algún lugar. Este era totalmente transparente, parecía incorpóreo. Cuando la hormiga llegó a la mesa hizo un ligero movimiento y su carga se desvaneció en el aire como una milimétrica pompa de jabón. “Qué extraño” pensó Andrés y se levantó rumbo al trabajo.

En la oficina pasó varios minutos sentado frente al ordenador sin saber por dónde empezar. Desde el episodio de las hormigas eso le sucedía con más y más frecuencia. Si bien ya no le molestaba ver a los bichos transitando por su cuerpo, estaba consciente de que cuando menos estaba muy distraído por ello, falto de concentración.

Escribió algunas palabras y visualizó imágenes, pero no podía recordar las palabras que describían esas imágenes. Recurrió a google y no tenía idea de qué palabra escribir. Sin duda era el estrés. Se levantó para estirar las piernas y tomar un café.

Al día siguiente llegó tarde a trabajar, había tenido problemas para encontrar la llave del auto, luego olvidó marcar su tarjeta y finalmente perdió una reunión que tenía programada. También observó que había aumentado la frecuencia de hormigas saliendo de su oído. Antes era una cada siete u ocho minutos, el día anterior notó que cada minuto había una hormiga nueva bajando por  su brazo.

Tratando de relajarse un poco se acomodó en su sillón, recordó su niñez,  los paseos por el parque cercano a su casa acompañando a su madre. Ella tejiendo prendas de lana que nunca acababa y él al pie de los árboles viendo las hormigas en sus interminables filas indias. Sintió la falta de algo, sabía que además de su madre y él, había otras personas en su familia, pero no pudo identificar el nombre de esas personas que tal vez eran sus hermanos. Se desconcertó, hizo un esfuerzo de concentración y no pudo recordar el nombre de su madre.

A las cuatro de la tarde entró a la oficina su asistente Susana, Andrés estaba ensimismado observando la hilera de hormigas que bajaban por su brazo y descendían hasta el escritorio por su dedo meñique llevando las diminutas esferas transparentes que luego se diluían en el aire. Susana lo miró con conmiseración, se acercó y tosió, él no reaccionó
– ¿Doctor?
Andrés la miró y sonrió con una mueca torcida.
– ¿Doctor está bien? – insistió Susana

Sobre el escritorio los documentos estaban intactos, el ordenador estaba encendido con una página del procesador de textos en blanco, había también una taza de café frío. Su jefe no contestó, tenía la mirada perdida y de sus labios corría un hilo de baba, Susana salió corriendo a llamar una ambulancia mientras las hormigas del azúcar, veloces, incontenibles e incansables se llevaban sobre la espalda los últimos restos de la memoria de Andrés.

jueves, 30 de mayo de 2013

ANUBIS (Cuento)

El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.

Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él –  de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.

Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.

Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
–  Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.

Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo,  nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!

Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.

***

Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.

De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con  tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.

Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.

miércoles, 1 de mayo de 2013

KATANA (Cuento)


Kusunoki posó sus dedos con firme energía sobre el mango de la katana aún en su estuche de magnolia, horas antes había iniciado el ritual sagrado de cubrirse con su armadura hecha de infinitas piezas de cuero, estaba ahora preparado para el combate. En ese instante no pudo pensar en su propio nombre, pero tenía claro el de su enemigo: Yoshimoto.

Más tarde, en el campo de batalla, al frente de sus leales guerreros, desenvainó el sable, caminando veloz pero firme y lanzando golpes con él a diestra y siniestra se abrió paso. Allí estaba, con una formidable coraza adornada con brillantes escamas de tortuga, Yoshimoto. Este lo miró y reconoció, levantó su arma y se dispuso al ataque, realizando un saludo corto y seco conforme a las reglas samurái, luego adelantó el pie derecho y se puso en guardia con su katana en alto. Pelearon ambos con fiereza, diestros en el milenario arte del kenjutsu y el kendo, los dos se defendían de los embates recíprocos sin causarse daño letal.

Luego de varios minutos, sintiendo ya el cansancio, Kusunoki aprovechó la cercanía del rostro de Yoshimoto y, sorprendido, sintió de sus propios labios brotar las palabras en perfecto japonés:
–  これは時間である (Kore wa jikandearu – Este es el momento) (¿o ha llegado tu momento?)
Yoshimoto negó con la cabeza, lanzó un gran grito ronco, veloz, mezcla del latigazo de la cola del dragón y del rugido del tigre de la montaña, tan intenso que distrajo por dos segundos a Kusunoki, tiempo suficiente para el desenlace, Yoshimoto giró rápidamente su sable al mismo tiempo que daba una formidable media vuelta y lo introdujo sin compasión en el vientre de su rival. Kusunoki sintió el acero frio en sus entrañas, sabía lo que vendría, era inevitable, el mismo lo había hecho cientos de veces, sus piernas perdieron fuerza rápidamente por la incontrolable pérdida de sangre que corría por las imperceptibles hendiduras de su armadura, cayó de rodillas, pensó en medio del dolor que la suya sería, después de todo, una muerte honorable, lo dejó sin aire el tirón mediante el cual Yoshimoto extraía el sable de su cuerpo, su mente se abrió, abrió los ojos y respiró profundo, recordó el poema que escribió antes de salir a la batalla, dedicado a la belleza de la espiga de arroz, en su mente aparecieron los campos fértiles, la imagen de su padre, la luz brillante del sol, el canto del pájaro y la claridad de la luna iluminándolo todo en el preciso instante en que la afilada hoja de acero de la katana de Yoshimoto cortaba como mantequilla los músculos de su cuello.

* * *

El agente Vásquez despertó sobresaltado, se había quedado dormido en el sillón Voltaire en mala posición, había tenido una pesadilla, frente a él en la mesa de lectura, descansaba el tratado sobre samuráis de Stephen Turnbull abierto en la página donde resaltaba el grabado de Kusunoki Masashige. Se rio a solas, en su sueño había sido Masashige, se tomó del cuello y aun le parecía sentir el dolor provocado por el golpe del sable de Yoshimoto.

Se levantó y cuando se disponía a ir por un café a la cocina, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Morgan, tranquilo pero con la expresión cansada.
– ¿Y primo? ¿Tienes algo? – Preguntó mientras se sentaba en un taburete.
– Nada aún – dijo Vásquez – solo ideas, información genérica, datos básicos. ¿Sabías que los samuráis usaban en realidad dos sables? Uno más largo para la pelea en campo abierto, el que vemos en las películas, pero también usaban uno más corto para peleas en interiores.
– Interesante, no lo sabía.
– Pero en fin, no se trata de hacer historia. Descubrí un par de fabricantes en la ciudad, en buena cuenta son imitaciones regulares de aspecto correcto y podrían ser el arma que se usó en el crimen, pero no descarta nada.
– ¿Crees que un japonés haya venido hasta un remoto país latinoamericano con la espada de sus ancestros en la valija del avión para vengar su honor? A mí me parece que el asunto es más sencillo. Tal vez peleas de pandillas, ya sabes, el Dragón Rojo, y esas cosas.
– Bueno, primero que el Dragón Rojo son chinos, no japoneses – corrigió Vásquez.
– Cierto, no negarás que podría haber sido algo más cotidiano – replicó Morgan.
– Sí, pero no termino de creerme la idea de que alguien va a comprar un sable samurái para ejecutar una venganza personal, sin que exista algo relacionado a la tradición.
– ¿Por qué no? Tal vez no le alcanzó para comprar la pistola.
– Pero quien desea matar por el solo hecho de acabar con una vida, usa un cuchillo de cocina, un fierro o un ladrillo. Esto tiene algo más que no acabo de descifrar – reflexionó Vásquez.
– ¿Entonces? – preguntó Morgan mientras encendía un cigarrillo.
– Entonces vamos a visitar a los fabricantes de katanas, si alguien compró una en los últimos días, nos dirán. Y no fumes en mi casa – resondró Vásquez riendo mientras se ponía la casaca.

***

Luego de pasar por los dos fabricantes de cuchillos, espadas, navajas y katanas, establecieron algo que ya veían venir, primero que los fabricantes no tenían un registro detallado de sus clientes, entregaban boletas de venta pero no a todos. Supieron también que las katanas locales eran imitaciones pobres y no demasiado caras, unos ciento cincuenta dólares en promedio cada una. También pudieron notar que el mercado era reducido y la mayoría de compradores las utilizaban como adornos en sus salas, escaparates de tiendas o de restaurantes de corte oriental. Durante el resto del día rastrearon a casi todos los que habían comprado katanas en los dos últimos meses con boleta de venta y no hallaron nada extraño.

Al día siguiente en la oficina, poco después de llegar, les avisaron que Alvarez los llamaba. Se miraron de mala gana y fueron a la oficina en espera del reclamo correspondiente. Una vez en la oficina Alvarez los invitó a sentarse:
– Bueno señores, ¿qué tenemos respecto al empresario japonés?
– Nada concreto todavía – contestó Morgan,
– ¿Cómo que nada concreto? – vociferó Alvarez – ¡Tengo un anciano japonés decapitado hace dos días y ustedes no tienen nada!
– Bueno no es japonés en estricto… – se atrevió a corregir Vásquez.
– ¡Carajo! ¡Japonés, Nikei, hijo de japoneses, chino, jalado, lo que sea! ¡Denme algo para los tiburones!
– Bueno – señaló Morgan – tenemos una lista de sospechosos, amigos cercanos, socios.
– ¿Amante? ¿Socios descontentos? ¿enemigos? – requirió Alvarez impaciente.
– No – agregó Vásquez – por lo menos hasta donde sabemos no tenía amante y sus socios hablan muy bien de él, según los cercanos era un tipo correcto.
Alvarez iba a contestar algo pero sonó el teléfono, respondió con monosílabos e hizo un par de preguntas cortas condimentadas con obscenidades como siempre que había tomado demasiado café. Luego colgó y miró a los agentes con seriedad.
– O son muy suertudos o tienen a un bromista en la policía judicial diciendo que mató a Salas Ikeda. Bajen a ver, apenas tengan algo en claro me avisan. ¡¿Comprendido?!
Ambos agentes asintieron y minutos después estaban ingresando a sus oficinas, llamaron a la carceleta y pidieron que trasladen al supuesto homicida.
– ¿Qué hacemos primo? – preguntó Morgan.
– Tú dirás, ¿policía malo y policía bueno? ¿O lo arrinconamos?
– Es cansado hacer de policía malo, estoy con flojera .
– Vemos cómo va – apuntó Vásquez – si ha venido a confesar no creo que esté a la defensiva. Tratemos de conversar con él a ver que nos dice.
– Como dice Alvarez, ojalá no sea un bromista – suspiró Morgan.

Minutos después llegaba esposado un hombre de traje gris, cabello corto al rape, ralo, cabeza redonda, no era el típico oriental de rostro amable, más bien su faz estaba surcada de profundas arrugas que podían ser producto de la profunda reflexión o de una vida difícil. Cuando se sentó Vásquez pudo percibir un aroma extraño, se concentró y le pareció haber sentido el mismo olor en algún hospital. Tenía las manos cuidadas, las uñas impecables y cortas. El traje era caro, los zapatos negros de lazo bien lustrados. No había llegado por casualidad, se había preparado para entregarse.
– ¿Nombre? – preguntó Morgan mientras escribía en el formulario.
– Itsuro Ishikawa.
– ¿Entiende español, necesita un traductor?
– Entiendo bien.
– ¿Edad?
– Cincuenta y dos.

Mientras dictaba sus datos y Morgan apuntaba, Vásquez lo observa con atención. Recordaba lo leído en el tratado de Turnbull, trataba de imaginarse a Ishikawa como en los grabados del libro, con armadura de samurái y empuñando una letal katana. La verdad que no le costaba mucho visualizarlo, el sujeto tenía una presencia intimidante a pesar de su parquedad; contestaba con firmeza específicamente lo que Morgan le preguntaba sin agregar una palabra de más. Cuando terminaron y Morgan le explicó que tenía el derecho de tener un abogado no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Morgan le tuvo que reiterar la pregunta y el contesto con un firme “no”.
– Bien – dijo Vásquez finalmente – usted ha venido por su propia voluntad señor Ishikawa. Déjeme preguntarle con claridad y espero que nos diga la verdad. ¿Usted mató a Hiroshi Salas Ikeda?
– Sí – contestó el hombre sin parpadear.
– De acuerdo – contestó Vásquez cauteloso. ¿Por qué lo mató?
– Salas Ikeda merecía morir – replicó Ishikawa.
– No nos estamos entendiendo señor – intervino Morgan – usted no solo debe contestar las preguntas, necesitamos que nos brinde toda la información posible.
– Entiendo señor. Yo vine a decir que maté a Hiroshi Salas. Yo maté al hombre. No más detalles para decir. Si ustedes necesitan información, preguntar, Itsuro contesta.
Morgan se levantó y pidió café para los tres. Les esperaba un día muy largo.

***

A las diez de la noche, luego de firmar y enviar los informes a la fiscalía y ver en el noticiero local a Alvarez presentando al homicida en rueda de presa y atribuirle todos los méritos a un cuidadoso trabajo de inteligencia de la unidad, Morgan encendió un cigarro y se desplomó en su asiento.
– Primo, te conozco, desde la tarde te veo con esa cara que no me gusta. ¿Hay algo que no te cuadra no?
– Es raro, muy raro. Primero el caso se resuelve de la nada. Segundo, el tipo viaja desde Japón para vengar una cuestión de honor, no compra un arma o contrata un sicario, no, más bien manda a traer muebles en un conteiner que cruza el océano y con el único propósito de traer en él, confundida entre sillas y aparadores, la espada que perteneció a sus ancestros.
– Y que encontramos en su departamento en la inspección. Estaba justamente donde nos había dicho.
– Y limpia, no había una gota de sangre.
– Ya la enviamos a Vizcarra para que la haga las pruebas de luminol – señaló Morgan.
– ¿Viste como vino en la mañana? – el tipo no se levantó de la cama y le entró una crisis de remordimiento. Había planeado entregarse, preparó todo un ritual. Lo imagino afeitándose, cortándose los pelos de la nariz, poniéndose los zapatos perfectamente lustrados, la camisa perfectamente blanca y planchada. La entrega era parte del ritual.
– ¿Qué quieres decir primo? – preguntó Morgan, al tiempo que apoyaba sus codos en el escritorio, ahora sí verdaderamente interesado.
– No estoy seguro, pero creo que el ritual empezó cuando salió del Japón y no ha terminado con su entrega del día de hoy. Hay algo más que no cuadra.
– Además matar a alguien de un tajo en el cuello – dijo Morgan haciendo mueca de asco mientras se pasaba la mano por la garganta – ¡me da escalofríos!
– Es cierto primito – replicó Vásquez – ese es otro detalle que no me deja en paz. ¿Porqué al estilo samurái? Es claro que fue premeditado. ¿Pero llegar a ese extremo?
Morgan se levantó y se puso el saco.
– Mira primo, te invito un trago para que te relajes a condición de que ya no hablemos del caso. Es asunto cerrado. Ya déjalo en manos de los fiscales.
– Tienes razón – dijo Vásquez – vamos.
Ambos salieron a paso lento de las oficinas. En el primer piso frente a la carceleta varias personas, al parecer familiares y trabajadores de la empresa de Salas Ikeda hacían una vigilia pidiendo justicia.

***

Al día siguiente la noticia cayó como una bomba. El informe de Vizcarra era contundente. La katana hallada en el departamento no era el arma homicida. Alvarez les había hecho una advertencia apocalíptica, si lo hacían quedar en ridículo terminarían dirigiendo el tránsito en algún pueblito altiplánico. Ambos corrieron al laboratorio a hablar con Vizcarra.
– Lo siento muchachos – dijo Vizcarra apenas los vio entrar. Repetí la prueba unas cinco veces. No hay nada.
– ¿Y si la limpió bien? ¿Si le metió lejía, o algún limpia vidrios? – preguntó Morgan.
– Es posible. Es raro, pero es posible. De hecho la espada estaba impecable, la habían limpiado con aceite de clavo de olor.
– ¡Clavo de olor! – exclamó Vásquez – ese era el olor de ayer en la mañana. ¿Pero qué relación tiene?
– A ver, explícame Vizcarra – preguntó Morgan – el luminol es un reactivo, reacciona con la hemoglobina que ha quedado en las superficies. ¿Uno pasa una esponja y se va o perdura por años?
– La hemoglobina se oxida y penetra la superficie. Este sable es de factura manual, es un muy buen trabajo, pero igual sigue siendo manual, tiene sutiles imperfecciones. Los átomos de la hemoglobina deberían haber quedado pese a la limpieza. La hemoglobina resiste incluso limpiavidrios como ustedes decían o alcohol. Debería haber alguna huella.
– Estamos en problemas – dijo Morgan.
– ¿Pero no confesó? – preguntó Vizcarra.
– Sí – replicó Vásquez – pero no puedes condenar a nadie con su sola confesión. Se necesita alguna evidencia más. Un buen abogado y Ishikawa se va a su casa.
– Pero hay algo más – agregó Vizcarra – la empuñadura sí tiene las huellas de Ishikawa, pero no solo las de él.
– ¿De quién? – preguntaron ambos agentes a la vez.
– De Salas – afirmó Vizcarra confuso.

Por la tarde Vásquez y Morgan fueron de nuevo al departamento de Ishikawa. Buscaron la ropa, zapatos, huellas de que se hubiese incinerado algo y no encontraron nada.
– Estoy convencido de que está encubriendo a alguien – afirmó Vásquez – no hay otra explicación.
– O destruyó la ropa que usó ese día – señaló Morgan
– Puede ser. Regresemos a la oficina, tenemos que hablar con Ishikawa.
Sentados otra vez con Ishikawa, le preguntaron insistentemente acerca de las razones por las cuales no había sangre en el sable.
– No queda sangre – señaló el hombre.
– ¿Cómo es eso posible?
– La hoja de katana es como bisturí, pasa por la carne antes de que brote sangre.
– ¡No tiene sentido! – exclamó Vásquez – usted nos quiere tomar el pelo.
Ishikawa no contestó. Fijó su mirada en un punto imaginario en el horizonte, apoyando ambas manos sobre sus muslos.
– Cuénteme Itsuro. Quiero entenderlo. ¿Por qué mató a Salas?
– Por honor – contestó.
– Yo sé, ya sabemos que fue por honor. Pero usted no ha querido decirnos en que consistió la afrenta. Dígame ¿qué pasó?
– No es necesario señor – dijo Ishikawa – yo vería mi honor destruido nuevamente si usted conoce mi historia y lo que hice no habría tenido sentido.
– ¿Está dispuesto a ir a la cárcel?
– Soy un hombre honorable. En este país matar a otro es delito. Yo cumpliré con lo que el tribunal decida.
– ¿Salas no era un hombre honorable? – preguntó Morgan.
– No. Yo le di la oportunidad de serlo.
– Usted…
– Sí – interrumpió por primera vez Ishikawa – le entregué la katana para que pudiera morir con honor. No pudo hacerlo. Me pidió que lo haga yo. No tuvo valor. Yo cumplí su voluntad.

***

Por la noche en el bar, las noticias confirmaban la detención de Ishikawa por el homicidio de Salas. Morgan encendió un cigarro y preguntó:
– ¿Raro el caso no? ¿Tú crees primo que un sujeto honorable como Ishikawa debería ser tratado como un vil delincuente?
– Bueno, es un delincuente honorable, pero delincuente al final. Nadie puede quitar la vida a otro ser humano. Si lo haces recibes un castigo y ese es nuestro trabajo primo, atrapar a los malos.
– ¿Realmente crees que él sea uno de los malos? Hoy recibí el reporte de Interpol. En su país no tiene ni una infracción de tránsito, es un ciudadano modelo.
– Siempre hay una primera vez – dijo Vásquez – Terminemos este último trago y vámonos a descansar.

***

Esa noche en la celda de la policía judicial, Itsuro Ishikawa recordó la terrible noche en la que siendo un niño, escondido en su casa en Japón, fue testigo de cómo Salas, de vacaciones en el país, abusó de su pequeña hermana menor. Ella le había hecho jurar que no tomaría venganza nunca, le hizo jurar por su propia vida. Él se lo juró. Ella había fallecido dos meses atrás, había quedado liberado del juramento.    

martes, 30 de abril de 2013

TACITURNO (Cuento)


Germán apagó el televisor y miró a su lado, boca abajo y con el cabello desordenado yacía Marcela, con un ojo abierto a medias y una mueca de sonrisa cansada.
– Despierta floja – dijo él.
– Mmmmm… ¿vas a pintar? – respondió sin despegar la boca de la sábana.
– Sí un poco, es temprano aún.
– Mmmmm… ¿me amas? – preguntó Marcela.
– Mmmmm… sí – contestó Germán riendo y abalanzándose sobre ella, hurgando con dedos finos de pintor entre sus costillas, sobre sus caderas, en sus axilas. Marcela reía y lanzaba grititos de desesperación, jugaron largo rato hasta quedar casi sin aliento.
– Te amo mi héroe – dijo Marcela y se levantó rumbo al baño para tomar una ducha. Ella le decía así desde el día que se conocieron, aquella fría tarde en el mirador sobre el acantilado frente al mar.

Era invierno, la bruma subía por las rocas, trepando lentamente en busca de las calles de la ciudad. Germán llevaba largo rato mirando el mar, el horizonte,  esperando triste y taciturno a que, como siempre a esa hora, el malecón quedara desierto por causa del frio y la humedad. A su derecha a veinte metros, estaba ella, llorando en silencio. Germán la observó primero con interés de artista, el perfil, la cabellera desordenada, la piel ni blanca ni trigueña, canela tal vez, la figura esbelta pese a la enorme chompa de lana. Si hubiese traído su cámara la habría fotografiado, se lamentó. Esta vez no había traído nada. Hubiese sido bueno pintar ese perfil. La miró directamente y sin pudor mientras imaginaba su pincel recorriendo el lienzo trazando las curvas de su rostro; ella debió haber sentido la mirada, sus ojos se encontraron y ella se incorporó asustada, tal vez pensó que era un asaltante. Germán instintivamente sonrió y le hizo un ademán de saludo con la mano, ella se tranquilizó y volvió a su posición para concentrarse en el dolor.

Germán miró también el horizonte y ya no le atrajo como antes, se volvió hacia la muchacha y le silbó. Ella volteó y se señaló a sí misma con incredulidad, él asintió con la cabeza sonriendo, ella sonrió también mirando al piso, él volvió a saludar con la mano, ella esta vez rió con los ojos todavía húmedos. Germán se acercó con confianza, saludó.
– Hola, ¿Cómo te llamas?
– Marcela, ¿y tú?
– Germán y no te voy a asaltar.
– ¿Cómo crees…? – contestó ella indignada.
– No, no digas nada. Si un tipo con mi aspecto me mirara fijamente en este lugar yo también me asustaría.
– ¡Jajajaja! Bueno…
– ¿Por qué lloras?
– No lloro. Pienso.
– Piensas con lágrimas en los ojos.
– Es una pajita.
– ¿Tiene nombre esa pajita?
– No. Ya no.
– ¿Te gusta el mar?
– No… sí… en verdad no, en invierno no, en verano me encanta, pero en invierno no me gusta, es triste.
– ¿Y por qué viniste a verlo? ¿Es porque estás triste?
– ¿Por qué eres tan preguntón? – se desesperó Marcela y se echó a reír.
Luego de un rato conversaron cosas sin sentido, tonterías del día a día. Hablaron largo, Marcela le contó sus cosas, sus tristezas que eran muchas y sus alegrías que le parecían muy pocas. Germán no contó mucho pero escuchó de buena gana y con atención. Al cabo de una hora ya estaba oscureciendo. Marcela miró al cielo y dijo:
– Ya es tarde. Creo que debo irme.
– ¿A dónde te vas?
– A casa…
– Yo me quedo un rato más – contestó Germán.
– ¿Para tomar tu coca cola solo?
– ¿Perdón? – preguntó él.
– Sí, estás loco, desde que hemos empezado a conversar le das vueltas a esa coca cola que tienes en la mano y no la has abierto. ¡Ah! ¡Eres un tacaño, estas esperando que me vaya para tomártela solo! – bromeó Marcela.
– ¡No! Es que… – tartamudeó Germán.
– Ya dame – dijo con firmeza Marcela – vamos a brindar juntos por el encuentro.
Marcela tomó la botella, la destapó , dijo “salud” y se tomó un largo trago, luego se la ofreció a Germán. El dijo “salud” también y bebió. Se quedaron en silencio, viendo el sol desaparecer en el horizonte, ella sacó un cuaderno de su bolso y escribió su número, su correo y su dirección, arrancó la hoja y se la entregó, luego coqueta le arrebató la botella y se fue por la veredita del malecón a sorbos lentos, desapareciendo entre la bruma.

Germán quedó desconsolado, respiró, recordó a Marcela alejándose con su grácil andar y se relajó, sacó de su bolsillo el sobre de veneno para ratas y lo lanzó al acantilado riendo.

* * *

Cuando Marcela salió de la ducha, Germán sonrió pensando que nunca le contó el asunto del veneno, más por vergüenza del ridículo de haberse quedado sin líquido para su plan, que por cualquier otra razón. Ella lo miró y le preguntó:
– ¿De qué te ríes? Ya sabes… el que a solas se ríe…
– De nada – contestó él.
– Mmmmm…  misterioso mi héroe.
– No me digas así – se quejó él.
– Te digo y te digo, “mi héroe”, lo eres y siempre serás.
– ¿Sí?
– ¡Sí! – dijo ella sentándose sobre sus piernas con la toalla envolviendo su cabellera mojada – Tú me salvaste de esa enorme tristeza ese día en el malecón.
– No mi amor – contestó Germán guiñando un ojo – tú me salvaste a mí.